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jueves, 21 de marzo de 2013

León Mecánico. Excusas.

 

La respuesta a una pregunta que el león nunca se atrevió a preguntar mientras masticaba un anillo hecho con los hilos de su melena:

- Nunca fueron necesarias tantas cosas.

(Tararear).

“… Tarararara... tarara… Tarararara... tarara”

 

Me mantuviste secuestrado en un castillo justo en la punta del risco.

Las ventanas cerradas con hierro forjado de tu garganta

Las trancas que forjaste de acero, los candados y las llaves de un espeso plomo.

- Me diste agua del manantial de los cisnes negros en una copa de oro de tu propio ser; con el afán de que aprendiera a identificar tu sabor.

La plata que sirvió de cadena para atar mi pie a tu pata: brillante, dúctil, maleable y blanda. Masticada por las hormigas que querían ser como tú.

El cobre que para adornar la cama, el algodón y el oro que fusionaste para hacer la manta sobre el colchón de luciérnagas muertas.

- Las uvas, el vino. las extensas mesas plagadas de manjares robados al reino de la lujuria sólo fueron una estela de mentira que tendiste para que no saliera huyendo de tu ceno-motor.

No fueron necesarias.  – Te juro que nunca fueron necesarias-.

Tus ojos de rubí eran más que suficientes para apaciguar el hambre, la sed, el aliento que se me iba en las tardes cuando salías a casar trilobites y claro está: el miedo.

 

(Tararear).

“… Tarararara... tarara… Tarararara... tarara”

 

Ronroneabas cuando me escuchabas tararearte;

No juegues conmigo a que no lo sabes;

o que por oxidado no sirves.

Tienes dentro de tu pecho un corazón tan blando como la herida que me hice al llegar aquí.

 

Deja de mirarme como si quisieras asesinarme con las dagas que escondes en las pantorrillas; el color de tu mirada por más severa que sea es un plácido placebo para sanarme. Aun espero morir contigo en una llamarada de sueño;

- Y tararearte hasta el final de nuestra existencia.

 

Para Carlos.

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