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martes, 5 de noviembre de 2013

La ciudad fantasma.

 

Antes vivía en un mundo donde estaba perdido.

 

Vagaba por calles llenas de calaveras y flores marchitas,

había lugares donde los enfermos se reunían a hablar de sus dolencias eternamente.

 

Y no había un sólo sorbo de agua por ningún lugar.

 

Estaba asustado, solo, abandonado y enfermo.

 

Las piedras rehuían de los ríos por miedo a ahogarse,

las aves se morían congeladas dentro de pinos vestidos de un verde que no parecía natural.

No había nada que fuera cierto. Vivía creyendo que estaba solo.

Perdido, flácido, acuoso.

 

No sabía de norte porque no sabía por dónde huía el sol.

La muerte mendigaba por los callejones algo de algo

para llevarse a la boca. Estaba casi en hueso.

También, a todas las nueve en punto

una sirena pitaba desde un balcón:

“¿Por qué estoy muerto? ¿por qué estoy solo?”.

 

Buscaba por entre los hospitales abandonados mis medicinas.

Mas sólo hallaba patentes caducas de oscuras píldoras para la tos.

 

Pero no venía ella, no quería comerme.

Los tatuajes se me desvanecían.

El hambre se me iba en sólo mirar morir el sol

y después había sólo un inmenso vacío, y las calles negras.

Las violetas negras, las naranjas negras;

Las rosas, los sauces, los baobabs y los tejocotes negros.

 

En los periódicos había notas rojas

Había palabras de más, mayúsculas de más;

Poemas que nadie leía.

Poemas que nadie escribía;

había basura de más en las calles

pero nada me servía.

 

Había libros de Rulfo, de Amor y de Neruda quemándose en barricadas

y sus cenizas se iban. Dibujando un listón negro y gris sobre un ya, negro y gris cielo azul.

Había cigarros de canela y cerveza sin alcohol.

Los cafés para poetas estaban vacíos,

Los bares rústicos y vintage sin carteles que mostrar.

 

Un 2010 sacaba a templar sus tangas esperando un fin de semana que no llegaba.

Había también, otoños de un par de horas

Que vaciaban las paredes de sus carteles de proyección y protesta:

“Adiós mundo cruel”.

“no a la migración de las hormigas”.

“el cieloEs en realidad verde menta”.

 

Y se acumulaba más basura; y el viento soplaba una vacía y estrella calle

con un hedor medio frio y medio calavérico.

Sonaban las ramas al pasar.

Vivía pues, en una ciudad ajena a la mentira,

Seducida por los vapores de estupor,

entre fuentes de juguete que, a veces

chillaban agua verde hasta colmarme la paciencia.

Prados y prados de alcanfor.

 

Vivía sometido a nalgadas en creer en una religión que me decía

Que había que orar cada que se metiera el sol.

Vivía muriéndome de SIDA. Solo, en una ciudad fantasma llena de basura vieja

que a medio día se llenaba de pericos que se robaban mi pornografía

y yo, sólo buscaba entre hospitales abandonados mi medicina para tos.

A.L

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