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jueves, 4 de junio de 2015

Los compañeros perfectos. Gazpacho.

 

… Y Carlos se sentó en la mesita de la cocina a hacer Gazpacho:

Colocó la tabla de picar en frente de él, y a un lado puso la bolsa de mandado con los ingredientes: unos tomates: los miró primeramente, uno a uno. Luego colocó en el centro de la tabla uno de ellos y lo rebanó por el medio con un enorme cuchillo. Comenzó a cortarlo en rodajas; y antes de darse cuenta, ya había cortado los tres kilos de tomate.

Se cargó dos cabezas de ajo. Las desdentó y peló.

Ahí fue donde oyó el sonido proveniente del cuarto del fondo: uno cuando desdenta ajos crea un vínculo con éstos tan suave y sublime, pero que es fácil de romper por cualquier interrupción.

Oyó el ajetreo dentro del cuarto. El mover de las cosas a una velocidad molesta. Como si jalaran cosas a alta energía.

Miró por un momento con las manos en los dientes y luego regresó a su vínculo, estaba cansado.

Peló el Cucumis sativus, conocido popularmente como pepino, medio pepino dará sabor, eso es todo y lo peló con el mismo cuchillo.

Los pimientos. Se dijo a sí mismo, y se levantó hacía el refrigerador. Abrió la puerta de éste y sacó tres pimientos gordos y fríos, y regresó la mirada al cuarto donde estaba su cama, el cuarto separado de la cocina por una delgada cortina color verde menta que solo cubría la mitad del umbral de la puerta. Podía ver como la ropa se movía, del ropero a una bolsa grande y roja. Vio las piernas del Charly detenerse justo antes de meter una prenda, parecía que miraba hacía Carlos; pero la cortina impedía que las miradas se encontraran. Luego continuó el movimiento de empacar, y Carlos cerró el refrigerador con los tres pimientos en mano.

Los cortó.

Los rebanó primero en pedacitos alargados y jugando un poco, los colocó en una esquina, amontonados y se quedó pensando.

¿Y sí le digo que no se vaya? Le dijo al cuchillo.

¿Y si le digo que a su edad ya es una locura, entenderá y correrá a abrazarme y dirá “harás gazpacho”? le dijo a los tomates y pimientos.

No, no dicen nada, están rebanados los desgraciados. Se dijo él mismo.

De pronto, el Charly salió del cuarto con la mochila roja en mano, que después se llevó al hombro. Me voy entonces, dijo acercándose a la puerta, a unos metros de donde Carlos estaba sentado paralizado con cuchillo en mano y recriminándole a los ingredientes el no poder hacer nada para detener la partida del Charly. Te he dejado las llaves en la cama, te puedes quedar aquí para siempre si tú quieres. Pero Carlos no dijo nada: le habían comido los pimientos la lengua.

Antes de salir, el Charly se pausó para oler la mezcla del tomate, el pepino, los pimientos y el ajo. Era gazpacho: su favorito. Podría quedarse una noche más: tratar de recapacitar lo de derrumbar tres largos años de relación; pero las manos le comían más que el estomago: le comían abrir el pomo de la puerta y salir de ahí de la misma manera en la que decidió hacerlo: súbitamente, sin al parecer ninguna causa. Miró por última vez hacía la mesita y hacía Carlos y no dijo nada, nada más salió y lo dejó.

Entonces, Carlos al oír el sordo sonido de la puerta, alargó la mano para sacar sorpresivamente de la bolsa de mandado, dos grandes cebollas blancas.

¡Cha cha chan!

Y se puso a cortar las cebollas:

El cuchillo la atravesaba por la mitad, y la hacía pedazos.

Mientras cortaba las cebollas, Carlos, se puso a llorar.

Ay esta cebolla de puta, se dijo, y se limpió con un trapo amarillo.

 

A.L

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